Edificios históricos

El café de García

Entre anécdotas del pasado y recuerdos presentes

“El café es uno de los pocos sitios a salvo de nuestras inconstancias. Es uno de los pocos espacios comunes a resguardo de la inclemencia de los tiempos. Más allá de que madera y estaño apenas resistan los embates del plástico y la fórmica, los cafés porteños permanecen. El que hayan sido sentidos como segunda madre o segundo hogar, quizá explique nuestra entrañable relación con ellos. Lugar de encuentros, el café es también escenario para exponerse u ocultarse, para la compañía o la soledad. En sus mesas y mostradores se charla y monologa, pero también se calla. El café es un continente de la vida, un recipiente de sus contradicciones: allí se hacen y deshacen amistades, se tejen y destejen amores. Son, al fin, territorios comunes dentro de una ciudad cruzada por altas murallas invisibles.”

El Café de García no es uno de esos lugares a los que uno va, luego lo comenta y listo. No. Su fama nada tiene que ver con eso sino con una fascinante experiencia que deja una huella en la memoria y que, por algún motivo, te invita a volver.

Los hermanos Hugo y Rubén García han hecho de su herencia, una antigua despensa, un lugar con identidad, con personalidad. De hecho, dicen que este boliche es “el mejor lugar para soñar y recordar”.

Fundado en 1927 por el matrimonio constituido entre Metodio y Carolina García, se lo ha distinguido como uno de los bares notables de Buenos Aires, por ser uno de los más representativos y antiguos que existen en la Ciudad.

La centenaria esquina de Sanabria y José Pedro Varela tiene un microclima especial. No hace falta entrar para descubrirlo. Por ambas calles está ornamentado con antiguas rejas por donde trepan glicinas, creando así dos galerías que forman el Paseo de Metodio y Carolina y protegiendo las mesas habilitadas en la vereda. Cada vez que uno pasa caminando por allí, una suave melodía de un antiguo tango te acompaña hasta que se desvanece a tus espaldas con el ruido de la ciudad. Probablemente hayas transitado por muchas calles y podrás reconocer que este escenario de la vida real es único, tiene banda sonora como si fuera de película.

Entrar en este mítico café es alucinante. Es volver al pasado, es entrar a un local que conserva intacto el espíritu de los antiguos cafés porteños de los años 30. Las tres mesas de billar como atracción principal, patas de jamón estacionándose en lo alto, antiguos carteles de bebidas, de artistas y espectáculos del pasado, mesas y sillas de madera caoba. El guardapolvo celeste de los mozos.

La decoración temática de sus paredes merece una mención especial. Es un gran collage de recuerdos y objetos de época, trofeos y obsequios de famosos que han querido dejar su huella en este museo vivo: Diego Maradona, Félix Luna, Alejandro Dolina, Antonio Carrizo, Fernando Bravo, Mariano Mores, Enrique Cadícamo, Horacio Ferrer, Víctor Hugo Morales, Enzo Francescoli, Fernando Redondo y hasta el estadounidense Francis Ford Coppola.

Hay cierta presencia entre estas paredes que te hace saber que estás entrando en un templo, un lugar de pertenencia de un grupo de parroquianos vitalicios que se juntan religiosamente todos los días a tomar su café, fumar su cigarro, debatir sobre la vida y jugar al billar, como lo supo hacer mi abuelo en sus días. A estas horas de la noche, ya no queda mucha gente y los únicos comensales que quedan ocupan las mesas que están cerca de las ventanas que dan a la calle. Las mesas de billar ya están cubiertas con una lona verde y los tacos, guardados en su estante pero aún continúa escrito en la pizzarra el resultado del último encuentro, mientras un viejo ventilador de techo gira a toda velocidad, meciéndose de un lado a otro.

De fondo no dejan de sonar melodías de tango. Yo no soy un aficionado al tango y me costó poder reconocer alguna canción mientras los motores de la calle Sanabria hacían lo suyo, pero pronto me llegó el alivio con la imponente voz de Julio Sosa, sobresaliente como siempre. Entonces, me invadió esa misma satisfacción que produce escuchar en la radio la canción que más te gusta.

Elijo una mesa del costado, entre un adorno espejado y un cuadro con una reseña del barrio. Me pido una cerveza y una porción de papas fritas, muy simple, muy fast food frente a un menú repleto de típicas comidas caseras y abundantes. Imagínense, la picada más famosa de Buenos Aires debe ser explicada con un carta propia ya que cuenta con más de 20 platos caseros: Tarteletas de roquefort, queso provolone, vitel toné, croquetas de verdura, empanaditas, berenjenas en escabeche, pionono relleno, aceitunas, fiambres, etc., etc. Probablemente no sea para cualquiera o para cualquier momento pero tarde o temprano encontraré la excusa perfecta para darme el gusto, hoy sólo estoy allí para estimular mi imaginación en silencio y con muchos recuerdos.

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