Crisis de la mediana edad

Crisis de la mediana edad

Situaciones muy deseadas, como la llegada de un hijo, graduarse en la universidad, o un cambio de trabajo que requiera una responsabilidad mayor y un crecimiento profesional, con frecuencia despiertan estos desajustes que colocan al sujeto “en jaque”, algunas veces, alterando todo su sistema de valores y referencias, pues lo obliga a un replanteo de prioridades.

En una nota anterior, dábamos cuenta de la experiencia del puerperio, como una etapa mucho mas compleja que el hecho de transitar el post parto. Explicábamos de qué manera, la mujer se halla inmersa en un mundo afectivo nuevo, desconocido, de sentimientos ambivalentes, felicidad, angustia, desconocimiento, y un sinfín de emociones y situaciones nuevas que la pondrán a prueba de diferentes maneras. ¿Por qué, un hecho como la maternidad, puede despertar un movimiento tan intenso y emocional? Porque, en realidad estamos hablando de una “crisis vital ”. Pero….¿qué es una crisis?

Podemos decir que a lo largo de la vida, cada sujeto va transitando muchos momentos de crisis. Su origen etimológico, proviene del griego, y significa “cambio”, “transformación”.

Momentos como la pubertad, la maternidad, el divorcio, la muerte de un ser querido, una mudanza, un nuevo trabajo, etc., pueden provocar que un sujeto transite una crisis vital, entendiéndola como un momento de “desajuste”, es decir, el acontecer de un evento, de manera sorpresiva o planificada, que obliga al sujeto a un re-armado de su vida, donde va a tener que buscar otros recursos para adaptarse, acomodarse o establecer un nuevo orden.

Precisamente la “crisis” da cuenta de que lo que venía funcionando de determinada manera, ya no nos es funcional, porque tampoco nosotros somos los mismos. Podemos advertir que cuando hablamos de crisis, no necesariamente se trata de situaciones relacionadas con eventos negativos.

Situaciones muy deseadas, como la llegada de un hijo, graduarse en la universidad, o un cambio de trabajo que requiera una responsabilidad mayor y un crecimiento profesional, con frecuencia despiertan estos desajustes que colocan al sujeto “en jaque”, algunas veces, alterando todo su sistema de valores y referencias, pues lo obliga a un replanteo de prioridades.

Al hablar de replanteo, hablamos de la necesidad de ciertos cuestionamientos, de renuncias, de postergaciones, de prioridades, y en medio de todo ello, está el sujeto, con todos sus deseos, proyectos, anhelos, asignaturas pendientes, lo cual puede generar grandes conflictos internos.

Un momento crucial en este sentido, acontece en la mediana edad, aquello que popularmente se denomina “la crisis de los 40”, no porque indefectiblemente vaya a ocurrir en esa edad, sino porque se trata de una experiencia que, a partir de cierta edad, va a expresarse de diferentes maneras.

Algunas veces, de manera plenamente consciente y con una clara necesidad de llevar a cabo cambios en la vida. Otras veces, no tan conscientemente, en los casos en que podemos hallar cuadros con somatizaciones, síntomas, cambios en el estado de ánimo, o a través de diferentes formas que encuentra un sujeto de expresar que algo ya no está del todo bien.

Todo lo que parecía funcionar bien, puede ser cuestionado, interpelado por el propio sujeto, produciendo un desencuentro consigo mismo, ya sea en su trabajo, con la profesión elegida, puede manifestarse en el cuestionamiento de los vínculos, de la pareja, etc. En la mediana edad, los hijos comienzan a partir del hogar, a armar sus propios proyectos, y si bien, todo eso es motivo de alegría, también desacomoda a quien se percata de que sus hijos ya no lo necesitan tanto, lo cual obliga, en cierto modo, a establecer otras prioridades, para no quedar anclados en el tiempo.

Los cambios corporales que se producen en esta etapa, el climaterio, una sexualidad que ya no es la de la juventud, y las fuerzas que decaen, confrontan al sujeto con el paso del tiempo, en coincidencia, frecuentemente con el fallecimiento de los propios padres, lo cual presentifica el sentimiento de finitud como algo concreto e inexorable.

Implica una suerte de “duelo”, por la juventud que se va perdiendo, y junto a ella, proyectos y deseos que habrá que re-formular.

¿Cómo transitar esta etapa? ¿Cómo aceptar y encontrarse con este nuevo sujeto que vamos siendo, distinto a aquél de hace unos años? ¿Habrá tiempo para encarar aquellos proyectos y “asignaturas pendientes” que por la vorágine de la vida, hemos dejado atrás? ¿qué lugar para los hijos cuando parecería que ya “no nos necesitan tanto?. Preguntas….

Dependerá de cada sujeto, analizar de qué manera salir a flote de cada “crisis”, a sabiendas de que, al tratarse de un “cambio o transformación”, no necesariamente va a tener una connotación negativa. De hecho, con frecuencia, luego de superadas, las crisis nos ayudan a crecer.

Parte del conflicto puede hallarse en encontrar de qué manera transitarlas, para resolverlas y cruzar “del otro lado”. Algunas veces el sujeto lo logra por sus propios medios, otras veces necesita ayuda profesional, pero nunca sin algo de dolor o confusión, como ocurre en cada momento de crecimiento.

Recordemos que la oruga, debe atravesar un proceso de transformación, una metamorfosis para convertirse en mariposa.

 

Lic. Patricia B. Gutman
Psicoanalista

Coordinadora de "Encuentros Reflexivos": https://www.facebook.com/Encuentros-Reflexivos-1621832278039088/
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